Tira la caja

He descubierto recientemente que tendemos a guardar cosas que ya no queremos tener, pero que por miedo, pena, o simple sentimiento de pertenencia, no queremos deshacernos de ello. Incluso cuando la persona que nos lo regaló, prestó, dejó o a la que se lo robamos (oh yeah) ya no esté con nosotros. Evidentemente, este descubrimiento me ha llevado a una conclusión: somos gilipollas.

Sí, sí, también.

Sé que guardas ese peluche que te regaló tu primer novio, o las entradas de la primera película que viste cuando te fuiste a Madrid, el disco en el que está la canción con la que perdiste la virginidad, la pulsera de tu ex mejor amiga o aquella notita con unos labios rojos que te regaló tu compi de la facultad.

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Y esa gente ya no está, os dejó o las dejasteis porque ya no os hacían felices, os peleasteis y no hubo vuelta atrás. Tal vez fue una despedida fría, una conversación por teléfono, un último mensaje de whatsapp o sms (guau), o simplemente se desvaneció.

Pero no por eso lo tiras, aunque no eches más que pestes de esa persona, aunque digas que tu ex novia ‘Es un bicho’ no tiras los calcetines de cerditos que te llevaste por equivocación en la mudanza.

Igual la has borrado de Facebook, bloqueado de whatsap o enrollado con todos sus amigos, pero esa pequeña parcela, íntima y tuya exclusivamente, a eso te aferras. Y no puedes seguir así, porque cuando tiras de demasiadas cosas, acabas viviendo en el pasado, y así, my darling, no se puede vivir.

Mirad, yo me he mudado hace poco, poquísimo, y he tenido que tirar muuuuuuchas cosas, entre ellas, cosas de las que no me quería deshacer aunque debí haberlo hecho hace muchos años, y creedme que soy del tipo de persona que lo guarda todo. Pues no, ea, ya no, me he hartado.

Marcos con fotos regalo de una amiga fugaz que te puteó en el pasado, una pulsera que era del primer chico (digno a recordar) por el que estuve pillada, una postal del Erasmus de una ex amiga, el gorro de la cena de navidad de un trabajo del que te echaron, cientos de pendientes y collares horrorosos que te regalan pseudoamigos que se pasean por tu vida como zombis (y que no te conocen en absoluto, por lo que te regalan cosas que no te gustan, y vuelta a empezar), bufandas que eran de tu mejor amiga de la infancia, fotos de viajes con gente que ya ni hablas, el gloss favorito de tu antigua vecina,…

Y así, infinitos.

Una de las cosas que más me ha costado tirar ha sido una camiseta del último chico con el que salí, y no por él precisamente. Me encantaba esa camiseta, era genial, lo tenía todo. Pero no podía permitirme sentir que era algo de mi vida que ya no estaba, aunque me hiciera feliz que así fuera, aunque todo sea mejor así, es el tipo de cosas que te atan.

Y es que, al final, sólo es eso, cosas que te atan.

Y yo ya no puedo tirar de más cosas, ahora sólo quiero cosas que tiren de mí, que tenga por delante en el camino, no por detrás.

No permitáis que las cosas de otros no os dejen ser quienes sois. Si te pones una bufanda que era de alguien a quien querías  mucho, que era importante para ti de la manera que fuese, y no piensas en ti sino en esa persona, tíralo. No te sientas mal porque le dejes ir, Cruza el puente.

Vale, y ahora me dirás que no hace falta que lo tires, que puedes guardarlo todo en una caja, una caja muy grande en la que metas las cosas que ya no son parte de tu yo de ahora, sino de quien eras en el pasado. Puedes hacerlo, puedes optar por lo fácil y sencillo, por lo que todo el mundo hace.

Pero recuerda que, como decía el tío de Spiderman:

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Los recuerdos son poder, pero no poder del bueno, sino del que pueden hacerte daño.

¿Estás dispuesto a cargar con esa caja?

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